En la mitad de un número de muertos en Covid-19, el país se dirige hacia un colapso político

El 4 de junio, el recuento de muertes de Covid-19 en Brasil creció en un récord de 1,473. Esto tomó el total de más de 34,000 y lo convirtió en el tercer número más prominente de todo el mundo, solo por detrás de los del Reino Unido y los EE. UU. El incremento es parte de una inclinación más amplia: América Latina se está convirtiendo en el nuevo foco de la pandemia. En la actualidad, México registra más de mil muertes por día, en tanto que Perú y también Argentina y Chile subjetivamente bien preparados están observando un número creciente. La región es enormemente vulnerable, con muchas localidades enormes y densamente pobladas, una red de seguridad popular débil, más de la mitad de todos los empleos en el área informal y, comunmente, precarias finanzas gubernamentales. (Otra preocupación más inminente en Centroamérica es la llegada de lo que estimamos que es una temporada de tormenta tropical especialmente violenta).

Los gobiernos de toda la región critican que el presidente izquierdista de México, Andrés Manuel López Obrador, actuó muy lentamente, entre otras cosas, Brasil se luce por el caos y la división de su liderazgo. Jair Bolsonaro, su presidente de derecha, actuó de alguna forma como Donald Trump en los USA, pero en todos los puntos en un nivel más radical.

Bolsonaro pasó parte importante de la crisis achicando la gravedad de Covid-19, calificándolo de “algo de gripe” e insistiendo en que los brasileños, más fuertes que otros pueblos, “jamás pescan nada”. Entró en conflicto con los gobernadores estatales por la imposición de bloqueos, despidió empleados, promovió una sustancia no probada como cura (“los derechistas toman cloroquina”) y perjudicó repetidamente a los consejos de distanciamiento popular, mezclándose con la multitud, pulsando manos y negándose a utilizar un traje. máscara. Con el colapso de los sistemas hospitalarios en todo Brasil, en la actualidad es su tercer ministro de salud en la crisis. No obstante, en un alegato televisivo el 4 de junio, continuó insistiendo en que los bloqueos debían detenerse, puesto que estaban realizando bastante daño económico: “No tenemos la posibilidad de continuar así”.

La crisis de salud está accediendo en una crisis política y constitucional, puesto que los teatros de Bolsonaro rompen las viejas reglas. En abril, el ministro de justicia habitual, Sérgio Moro, renunció y acusó al presidente de despedir a un jefe de policía para asegurar a su hijo (dice que la Corte Suprema del país está investigando ahora). Hace dos semanas, apareció un video de un Bolsonaro aparentemente paranoico quejándose de sus contrincantes políticos en una reunión de gabinete. El 31 de mayo, llegó en helicóptero militar para apoyar una protesta contra la Corte Suprema y el Congreso en Brasilia, antes de cabalgar entre la multitud a caballo.

La temporada de tormentas llegó. Mientras incrementa la tasa de mortalidad en Brasil, circulan imágenes de fosas recurrentes en el Amazonas y cuerpos dejados en las calles de las favelas de Río de Janeiro y São Paulo. Las voces de la oposición piden la destitución de Bolsonaro, algunos incondicionales del gobierno desean que las fuerzas armadas se muestren contra la Corte Suprema y el Congreso. Y existe la oportunidad de una crisis económica: el real brasileño ha caído, la economía se está reduciendo y la deuda del gobierno es insostenible, y el creciente desempleo y las tensiones sociales que traerá. Si Bolsonaro cumplirá el resto de su mandato y cómo lo hará hasta las próximas selecciones, programadas para 2022, está lejos de estar claro.

Es un trágico estado de cosas. Hace precisamente una década, Brasil fue extensamente aclamado como la enorme historia de éxito de todo el mundo en desarrollo: “Brasil despega” ocurrió en 2009 Economista cubierta que exhibe la escultura del Cristo Redentor despegando sobre Río. Esta democracia pluralista y multiétnica tuvo un presidente habitual y progresista en Luiz Inácio Lula proporciona Silva, una economía en expansión y acababa de garantizar la Copa del Mundo de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Pero la presidencia de Lula y la de su sucesora, Dilma Rousseff, no cumplieron con las expectativas y acabaron sumidas en escándalos de corrupción, mientras la economía se desaceleró. El resultado después de un interino tecnocrático fue Bolsonaro, en virtud del cual Brasil, la perpetua “tierra del futuro” de Stefan Zweig, aún tiene la posibilidad de tener una manera de caer.