En mayo de 1479, cuando Florencia se vio afectada por la peste, Niccolò Machiavelli, de diez años, fue envuelto en un carro y salió corriendo de la región lo más rápido que su caballo ha podido llevarlo. Desde que el primer caso fue informado en Lombardía dos años antes, la plaga había devastado parte importante del norte de Italia.

En Milán, 20,000 personas fallecieron solo en los primeros meses; y en este momento que habían llegado a la Toscana, los florentinos estaban aterrorizados por el mismo destino. El padre de Maquiavelo, Bernardo, no se arriesgó. Mientras se escondía en el hogar con su mujer, empacó a sus tres hijos más pequeños, agregado Niccolò, en la granja de su tío en el campo, y rezó para que estuvieran seguro.

Serían unas unas semanas de miedo. Mientras se extendió la pandemia, la familia de Maquiavelo fue golpeada poderosamente. Por lo menos tres de sus familiares fallecieron y, en el transcurso de un corto período, pareció que Bernardo Maquiavelo también había sido infectado. Pero era únicamente una exhibe de lo que se encontraba por venir. Habiendo sido endémica del Renacimiento en Italia desde la Peste Negra de 1348, la peste bubónica (Yersinia pestis) perseguiría a Maquiavelo el resto de sus días. A lo largo de su extendida y turbulenta carrera como diplomático, filósofo y asesor del gobierno, sería testigo de por lo menos cinco epidemias más indispensables solo en Florencia y más de una vez inclusive temió por su historia.

No obstante, la plaga también lo fascinó. Volviendo a él numerosas ocasiones en sus trabajos, él, como varios de sus contemporáneos, trató de tener la devastación causada y hallar una forma de reducir el daño a la sociedad. Sus visualizaciones fueron, en varios sentidos, típicas de su tiempo: fundamentadas en la ciencia galénica, dependientes de suposiciones y supersticiones y, ocasionalmente, dadas a una generalización salvaje. Pero cuando se ve en contexto, su análisis de los efectos de la plaga, no obstante, impacta nuestra vivencia con el Covid-19 de hoy, y sus ideas sobre cómo los políticos deberían emprender las pandemias parecen tan importantes como siempre.

 

Para Maquiavelo, como para bastantes de nosotros, parte de lo que logró que la patología fuera tan temible era no saberlo. todo lo relacionado con la plaga se encontraba envuelto en secreto, inclusive sus orígenes. A pesar de que los historiadores modernos creen que seguramente fue traído a Italia en un barco desde Kaffa (ahora Feodosia, Crimea), nadie en ese instante se encontraba seguro de dónde provenía. Algunos reflexionaron que Dios se encontraba castigando a la raza humana por sus errores. Otros estaban en pos de una explicación más astrológica. En el Consilio contro la pestilentia (1481), el filósofo Marsilio Ficino asoció las epidemias con “constelaciones malignas … conjunciones de Marte y Saturno [and] eclipses “.

Maquiavelo tenía sus propias ideas. Aunque no se encontraba seguro de que la plaga no fuera una visita celestial, se inclinaba a creer que era la forma natural de achicar la población. En el Discursos sobre Livio, su trabajo sobre la crónica de la Roma republicana, Maquiavelo explicó esto en términos maltusianos: así como cuando la naturaleza trata de despedir algún acumulación de material “superfluo” en el cuerpo humano, cuando hay bastante gente, “el planeta está purgado” por la peste: o por otros medios devastadores.

Aunque hoy Y. pestis Se conoce que los bacilos se emiten por pulgas de ratas, los observadores del Renacimiento creían que la infección se transmitía por un “vapor venenoso”vapor aterciopelado) Según Ficino, esto permaneció más tiempo en “aire pesado, ardiente, húmedo y fétido”, pero también fue común alrededor de la putrefacción, y fue excepcionalmente virulento. Expandido por condiciones climáticas adversas o ráfagas repentinas de viento, se propagó “de un espacio a otro … más rápido que la quema de azufre”.

Pero Maquiavelo y sus contemporáneos estaban intrigados porque, si eso fuera cierto, la patología parecía perjudicar a varias personas más que a otras. Ficino pensó que podría tener algo que ver con la “amistad”. Si el cuerpo simpatizara con el vapor venenoso, oséa, si estuviera inclinado al calor y la humedad, se produciría la infección; si no, desaparecería. Otros, no obstante, no estaban tan seguros.

El diagnóstico de peste no fue menos problemático. Los escritores médicos extraña vez estuvieron según los síntomas. Es verdad que hubo algunos que todos reconocieron. Como observó el cronista Marchionne di Coppo Stefani, las situaciones graves solían tener ampollas “entre el muslo y el cuerpo, en la ingle o debajo de la axila … y … sangre mezclada con saliva”. Pero estos aún tienen la posibilidad de ser engañosos.

Street panic: Market Square en Nápoles a lo largo de la plaga de 1656, por Carlo Coppola. Crédito: Deagostini / Getty Images

En la obra de Maquiavelo Clizia, el gerente de la granja, Eustachio, protesta de “hinchazón en la ingle”. Suponiendo que puede ser un síntoma de la peste, se cierra en su casa, pero próximamente se otorga cuenta de que es algo totalmente distinto. Otros síntomas, en los que hubo menos acuerdo, como temperatura alta, problemas, inconvenientes respiratorios y orina turbia, fueron aún más ambiguos. Cuando el padre de Maquiavelo, Bernardo, se enfermó en 1479, se encontraba convencido de que tenía una plaga sencillamente porque tenía fiebre alta y pasaba incontables viales de orina a través de una ventana para que sus médicos los inspeccionaran, sin recibir un diagnóstico definitivo. .

Esta indecisión logró que el régimen fuera difícil, si no irrealizable. Obligados a recurrir a las farmacopeas clásicas, las hierbas medievales o las tradiciones populares, los médicos prescribieron a los sospechosos de padecer una diversidad vertiginosa de medicamentos. La mayoría fueron ineficaces; algunos fueron de forma positiva dañinos. En varias oportunidades, estos también tienen la posibilidad de complementarse con intervenciones quirúrgicas. Las vivencias de Bernardo fueron típicas. Recibió un mosto con un gusto amargo, electarios a partir de miel y jarabes pegajosos; le cortaron los abscesos; fue sangrado; y se encontraba cubierto de cataplasmas apestosas, todo sin efecto.

Los tratamientos preventivos no fueron superiores. Más allá de que varios médicos han tomado prudencias desarrolladas para protegerse contra el “vapor”, Ficino recomendó abstenerse de tener relaciones sexuales y evadir algunos comestibles, como la leche, las frutas dulces, los champiñones y las verduras “húmedas”.

En sepa de régimen, los efectos de la peste fueron invariablemente devastadores. Aunque Maquiavelo se encontraba exagerando cuando afirmó que la Peste Negra mató a 96,000 florentinos, la cifra de muertos fue precisamente muy alta. En 1400, fallecieron cerca de 12,000 personas, de una población de precisamente 60,000. En 1430 y 1478-79, el recuento de muertes fue aún más grande. Y en 1523, Maquiavelo informó haber visto a los sepultureros alegrarse de que la plaga les causara muchos inconvenientes.

Cuando el miedo se apoderó, la sociedad se desintegró. En el DecameronGiovanni Boccaccio recordó que, a lo largo de la Peste Negra, los prósperos por lo general huyeron de la región al campo. No obstante, los pobres “estaban obligados … a quedarse en sus hogares”. Algunos trataron de reducir el compromiso viviendo de manera aislada y adoptando “un estilo de vida sobrio y abstinente”. Otros “sostuvieron que una manera eficaz de defenderse” de la plaga era beber bastante, gozar la vida al máximo, caminar cantando y divirtiéndose, gratificando todos sus deseos siempre que se les ofrecía la posibilidad y reduciendo todo el asunto como una enorme broma.

 

En el día de Maquiavelo, poco había cambiado. Asi sea que eligieron huír, como lo logró cuando era niño en 1479, o se han quedado en el hogar, la multitud se encontraba menos dedicada al exitación. Algunos también eran más escépticos sobre el compromiso. En 1503, el hermano de Maquiavelo, Totto, trató de calmar sus temores al asegurar que los marineros, que entraron en contacto con la peste más que la mayoría, extraña vez estaban infectados. Pero la mayoría de la gente fueron más cautelosas. Aunque todavía tenían la práctica de caminar por las calles, tuvieron precaución de evadir el contacto con los demás tanto como se pueda. Esto en ocasiones se llevó a extremos extraordinarios. En 1523, Maquiavelo observó que:

Los hombres caminan solos, y en vez de amigos, podemos encontrar personas infectadas con la plaga mortal. Inclusive si uno de los padres conoce al otro, o un hermano conoce al hermano, o la mujer, el marido, cada uno mantiene una distancia segura de sus relaciones; y que es peor Padres y mamás rechazan a sus propios hijos, abandonándolos.

La actividad económica en Florencia también se ha detenido. Como señaló Maquiavelo, “las tiendas están cerradas, [and] las promociones están cerradas “. Los artesanos se han quedado sin trabajo ni dinero. El crédito se ha secado. Los banqueros se negaron a arriesgarse a prestar dinero a esos que no tenían capital y que, en cualquier situación, podrían fallecer antes de que el préstamo pudiera pagarse. De forma simultanea, los costos subieron. Inclusive las pretenciones más básicas (pan, aceite, verduras) se volvieron de repente caras.

Indudablemente, los pobres fueron los más damnificados. En una reunión de un comité asesor particular (un práctica) a lo largo de el brote de 1417, un abogado llamado Lorenzo Ridolfi señaló que “los pobres están en una manera terrible, debido a que no ganan nada y más adelante ganarán aún menos”. Poco más de un siglo después, Maquiavelo recordaba haber escuchado sus “gritos de miedo” mientras caminaba por las calles.

A lo largo de cada brote, el gobierno de Florencia trató de lidiar con la situación de la forma que mejor se pueda. Se establecieron hospitales de peste; se obligaron cuarentenas a los sospechosos de estar infectados; las puertas de la región estaban cerradas; y se hicieron esfuerzos para calmar el padecimiento de los damnificados por la crisis económica. En 1383, a las autoridades se les permitió “prestar” a los pobres hasta tres fanegas de maíz de las reservas de la comuna y tomar las medidas primordiales para asegurar el suministro de granos, incluida la entrada ilegal en las viviendas de esos que huyeron para tomar los abastecimientos que lograron haber juntado. .

En 1417, hubo llamados para medidas aún más dramáticas. En otro práctica convocado para llevar a cabo frente a la crisis, Rinaldo Gianfigliazzi, uno de los estadistas más predominantes de Florencia, exigió que, como los pobres estaban “hambrientos”, deberían ser “subsidiados con fondos públicos”. Quizás sospechando que esta clase de acción puede estar fuera del alcance de la República, Bartolomeo Valori, otro integrante de la élite gobernante, fue aún más lejos. Argumentó que gracias a que los pobres no podían “ayudarse a sí mismos”, los ricos deberían calmar su carga, quizás a través de préstamos forzados o alguna forma de expropiación.

El inconveniente era que estas medidas extraña vez funcionaban. Como la gente comunmente se resistieron al confinamiento, la infección se propagó y los hospitales se vieron abrumados. De forma simultanea, la oferta, cuando se ofrecía, era insostenible; la cuarentena despertó resentimiento y la escasez de comestibles llevó a la furia.

Esto planteaba un grave riesgo. Si no se controla, la frustración habitual podría transformarse fácilmente en caos público. Inclusive en brotes “menores”, el delito siempre aumentó. Como ha dicho Maquiavelo: “Ahora escuchas este robo, en este momento este asesinato: las plazas y los mercados, donde los ciudadanos solían reunirse, en este momento son … guarida de ladrones”. Los grupos marginales, como las prostitutas, los peatones y los extranjeros, eran principalmente atacables. No le tomaría bastante al delito ofrecer paso a los disturbios civiles; Los disturbios jamás estuvieron lejos.

Para Maquiavelo, esta fue sin lugar a dudas la característica más alarmante de la peste. En el El principe y DiscursosRecalcó que el éxito de algún estado dependía de un especial equilibrio entre las clases sociales. Desde luego, siempre habría alguna rivalidad; pero, mientras esto se contuviera como corresponde, la tensión entre ricos y pobres verdaderamente podría contribuir a salvaguardar la independencia y también conducir a la “grandeza”. Si se formaran facciones o surgieran disturbios civiles, las secuelas serían desastrosas. En relación de quién fue victorioso, la independencia daría paso a la licencia anárquica o la tiranía.

No es asombroso que Maquiavelo describiera comunmente este colapso del orden político usando la metáfora de la patología. De la misma manera que una patología podría debilitar, o inclusive matar, a un ser humano, argumentó, las violentas luchas de clase corroen el cuerpo político. Los demagogos eran una “plaga” en el estado; la servidumbre era una “enfermedad”; y el caos era una “enfermedad”. Esto era más que un fácil recurso literario. Aunque extraña vez abordó el tema de manera directa, Maquiavelo también se ve saber que era en tiempos de peste que la independencia se encontraba en más grande riesgo.

Quedó claro que, para proteger la independencia florentina, se necesitaba una manera más eficaz de contener la infección, reducir el padecimiento económico y sostener el orden público. Maquiavelo jamás abordó este inconveniente directamente; pero el consejo que dio El principe puede leerse como una guía sobre cómo tienen que accionar los gobiernos a lo largo de una pandemia. Como explicó, la clave de una crisis era que un príncipe o un gobierno republicano se dieran cuenta de lo peligrosos que eran sus superiores instintos. Tan encomiable como la honestidad, la generosidad y la compasión tienen la posibilidad de ser, principalmente cuando la gente están tolerando, era evidente que estas virtudes estaban en riesgo de provocar pánico, arruinar el tesoro y alentar la disidencia, sin llevar a cabo nada para contener la infección. . Como tal, Maquiavelo sugirió que los príncipes y las repúblicas deberían intentar no ser tan virtuosos.

Lo primero que hay que hacer fue ser económico con la realidad. En el pasado, Signoria, el órgano ejecutivo de más prominente rango en la República Florentina, estuvo cerca de saber esto. En 1383, Uberto Ridolfi enfatizó que la escasez de granos “debería seguir estando en misterio” a toda costa. No obstante, a inicios del siglo XVI, la necesidad de sostener la información clausurada se había agudizado. El segundo paso fue sostener los costos al mínimo, y así achicar el resentimiento público. Esto significaba que, inclusive si se necesitaba algo de asistencia pública, hay que tener precaución para asegurar que no sobrecargue a la gente con impuestos desmesurados más adelante. El último paso fue utilizar soldados para infundir una sensación de miedo. Ya que la gente no tenían miedo de la peste para quedarse en el hogar y eran bastante egoístas para apelar al bien común, la única oportunidad del gobierno de batallar la infección era castigar las infracciones con tanta dureza que estarían bastante aterrorizadas como para dejar el pie. puertas – y bastante menos agitación.

Estas fueron enseñanzas difíciles, pero después los gobiernos florentinos prestaron atención. Cuando la peste volvió a ocurrir en 1630, se realizó una encuesta sobre las pretenciones de la región para considerar precisamente la proporción de comestibles necesarios y reducir los peligros para la salud. Entonces, antes de que la infección se acelerara, se aplicó un bloqueo total, se obligaron sanciones severas a quienes rompieron el encierro y la información se controló atentamente. Las pretenciones básicas se cubrieron con entregas modestas de comestibles, en tanto que otros requisitos, como los entierros, fueron cubiertos por organizaciones benéficas. Fue una vivencia dolorosa, sin duda; pero mantuvo las muertes al mínimo y, lo que es más considerable, mantuvo al cuerpo político en buen estado de salud.

Hoy, habitamos un mundo muy distinta, y Covid-19 tiene poco parecido con la plaga. No obstante, teniendo en cuenta que enfrentamos desafíos socioeconómicos muy semejantes, las ideas de Maquiavelo siguen siendo, no obstante, tan pertinentes como siempre. Aunque tienen la posibilidad de parecer cínicos, inclusive insensibles, siguen siendo una lente útil para ver nuestras reacciones, y una vigorosa inspiración para buscar novedosas resoluciones mientras aún hay tiempo.