Frente la globalización liberal y el populismo nacional, Europa debe sugerir una verídica tercera vía.

 

La emergencia mundial de la salud ha suspendido la operación del capitalismo neoliberal, pero aún no transformó su lógica primordial. Hasta la actualidad, la respuesta dominante fué sustituir el fundamentalismo de libre mercado de Hayek con el activismo estatal keynesiano, mientras los gobiernos se suscriben a los salarios de los trabajadores y dan préstamos de emergencia a las compañias en adversidades.

Este no es un cambio trivial. Mientras la crisis del COVID-19 acelere la fragmentación de la globalización, el resurgimiento del estado soberano posiblemente conducirá a la reubicación de las cadenas de suministro y a un nuevo consenso político sobre una más grande inversión en servicios públicos, primordialmente salud y asistencia popular. Tenemos la posibilidad de estar vivenciando el surgimiento de un nuevo acuerdo más allá de la economía liberal, en el que el estado asegurador no solo salva la economía, sino que también se esfuerza más, por lo menos en fachada, para ser útil al bien común de la sociedad.

Sin embargo, con pronósticos que proponen la peor crisis económica desde la Enorme Depresión, una más grande intervención del gobierno brinda poco más que un parche que nos deja atacables a las pandemias, las amenazas ecológicas y las crisis sociales del futuro. El reverso de un papel ampliado del gobierno en la economía es el acompañamiento continuo del estado a las fuerzas del capitalismo irrestricto y la tecnología instrumental que ya dominan y distorsionan nuestra vida diaria.

Hoy, el keynesianismo trabaja bajo situaciones cambiadas y posiblemente genere resultados alterados. El gobierno y las finanzas están bastante más entrelazados. El poder y los bancos estaban bastante más centralizados y los ahorros personales brindaron paso a la deuda personal. Consecuentemente, un incremento en el poder del estado acaba beneficiando a los enormes bancos y compañias. El dinero redistribuido a las periferias vuelve al centro y la asistencia monetaria para los menos favorecidos en el presente se transforma en una dependencia agregada, además de la reducción de la vida para una supervivencia mínima.

Por lo tanto, los primordiales triunfadores del empeoramiento de la crisis económica son las interfaces tecnológicas, como Amazon o Alibaba en China, en tanto que las tiendas y sitios de comidas tienen la posibilidad de combatir un colapso persistente. Otro grupo de beneficiarios son los inquilinos (propietarios, bancos o corporaciones con poder de monopolio), cuyos capital se derivan de cobrar a otros por la utilización de activos. Varios de sus provecho excedentes son improductivos y, entonces, poco éticos. Las garantías del gobierno en última instancia tienden a contribuir a los dueños de capital rentista, en vez de a los trabajadores que solo tienen sus salarios en los que confiar. Los primeros tienen protegidos sus capital, en tanto que los segundos tienen que absorber más deuda, por lo general a escenarios insostenibles (especialmente si la recuperación económica resulta lenta e al principio sin trabajo).

Con la economía paralizada, el tipo de capitalismo que posiblemente se consolidará será oligárquico, especulativo y pirata. Los fondos de cobertura estadounidenses o las compañias estatales chinas se harán cargo de las compañias debilitadas de todo el planeta. Ya están intentando encontrar compras baratas y bienes aprensivos, como buitres que cubren presas lesionadas. El control ejercido por las finanzas a través de la deuda se incrementará por el control ejercido por el electrónico de seguridad a través de la supervisión. En China, además, el crédito económico y popular se está volviendo prácticamente indistinguible.

Europa está en más grande compromiso. Su población subjetivamente envejecida, la disminución de las tasas de natalidad y el bajo ritmo de innovación tecnológica han frenado el desarrollo económico, adjuntado con el desequilibrio no resuelto en la eurozona entre los países acreedores en el norte y los países deudores en el sur. La UE no tiene coordinación y está en riesgo de caer en la rivalidad nacional en un instante en que la coordinación en todo el mundo es fundamental. Inclusive más que a raíz de la crisis financiera de 2008, cuando los puertos griegos se vendieron a China y los bancos cayeron en manos de los países del Golfo, las compañias de europa estarán sujetas a compras extranjeras hostiles. Cuando ocurrió la pandemia, China inicialmente ofreció a Italia más asistencia instantánea en términos de abastecimientos médicos que Alemania.

Aunque es requisito hacer mas fuerte los gobiernos nacionales, la soberanía absoluta estimula la expansión del mercado en todas las áreas de la sociedad o alguna forma de capitalismo de estado. En cualquier situación, el estado soberano es cómplice de la explotación de los trabajadores y la mercantilización de la vida. El enfoque de la UE en fomentar la operación de libre mercado ha alentado la rivalidad desreguladora y el dumping fiscal (como la reducción de las tasas de impuestos corporativos) entre sus estados integrantes, pero el proteccionismo nacionalista solo puede intensificar este desarrollo.

Por esta razón, exigimos limitaciones de todo el mundo, y no sencillamente nacionales, a la globalización. Si cambia de rumbo, la UE está en una posición única para llevarlo a cabo. Probablemente puede sobrepasar el fundamentalismo de libre mercado estadounidense y el capitalismo de estado chino.

Un buen comienzo sería apoyar el resurgimiento de la negociación corporativa en todo el país entre el estado, las compañias, los sindicatos y el área caritativo. La UE requiere calificar las 4 libertades: personas, bienes, servicios y capital, y editar el mercado único en una economía más popular. Bruselas debe proteger los acuerdos transfronterizos que unen a los trabajadores y los grupos cívicos, protegiéndolos de las presiones homogeneizadoras del poder estatal y de mercado.

Esto podría lograrse medianamente a través de provecho fáciles de conseguir, generosos y sin estigma para los desempleados, seguido de un deber de abonar a los trabajadores un salario digno, fundamentalmente en los sectores más precarios, como el servicio, la limpieza y la distribución.

Junto con los Estados integrantes y los gobiernos regionales, la UE también debe apoyar la creación de nuevos sindicatos en la economía del concierto, que brinden a los trabajadores una representación correcta y promuevan la democracia en el sitio de trabajo. Si se puede negociar un corporativismo plural y democrático entre intereses oponentes a nivel de los Estados integrantes, también será viable la cooperación a través de las fronteras nacionales. Esto debe integrar una alguna proporción de paridad fiscal que se requiere para frenar el deseo de atraer las operaciones de todo el mundo más inescrupulosas. Sin este caparazón, los países particulares no podrán soportar la atracción del capitalismo global.

Las instituciones de la UE están en una posición única para fomentar una más grande solidaridad económica. En el más destacable de las situaciones, reflejan la verdad de los estados y mercados insertados en una red de naciones y pueblos. Si es verdad que las relaciones e instituciones sobrepasan al individualismo, también debe ser cierto a nivel transfronterizo; de lo opuesto, el estado-nación se transforma solo en el sujeto anárquico. En contraste, la soberanía internacionalmente fusionada es más democrática, si se combina con una devolución desde adentro pluralista de poder y elementos. Esto se origina por que la soberanía compartida por sí sola puede someter las operaciones económicas de todo el mundo a alguna medida de control político.

Por lo tanto, la dimensión más católica y cristiana del legado principal creador de la UE siempre ha relacionado la subsidiariedad al federalismo en todos los escenarios, rechazando o el estado nación absolutista o una tecnocracia en todo el mundo. Frente la globalización liberal y el populismo nacional, esta “tercera vía” requiere ser recuperada.

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Para crear este modelo, la UE necesita un replanteamiento extremista, que debe desviar su propósito primordial del libre mercado. Inclusive después del final del bloqueo, posiblemente las limitaciones a la libre circulación de personas sigan vigentes. Lo mismo se aplica al capital, tal es así que las compañias nacionales están protegidas contra compras de parte de internacionales. Despiden activos a través de operaciones de subcontratación, llevan deudas en los balances y endurecen aún más a los inversionistas a expensas de los trabajadores. Pero Bruselas debe ir bastante más allá, reduciendo la especulación financiera y canalizando capital hacia ocupaciones productivas. Una manera puede ser el Fondo de Recuperación Franco-Alemán, con estados integrantes que emiten deuda común para financiar unos 750 mil millones de euros en subvenciones para contribuir a los países más damnificados por la pandemia.

Otra forma de llevarlo a cabo es hacer nuevos bonos de inversión de capital emitidos por organismos nacionales, regionales y también municipales, pero suscritos por todos los estados integrantes para agrupar los peligros. La emisión de estos bonos debe estar enlazada a la devolución de impuestos y el gasto en poderes en los escenarios inferiores del gobierno, agregado el estado, reduciendo así el tamaño y los costos de la burocracia central.

Para que esto ande, posiblemente el norte de Europa deba aceptar una medida de alivio de la deuda para las naciones del sur, pero de forma que no perjudique a los ahorradores particulares. Y después, la UE debe intentar hacer una mejor balanza comercial para las exportaciones e importaciones nacionales que logre dejar en libertad a los países del sur y a la población alemana de los efectos negativos del desequilibrio de las exportaciones de Alemania. Estos efectos tienen dentro déficits permanentes en el sur y salarios más bajos que los del norte. Precisamente, esto debe ir acompañado de una gestión más compartida, democrática y políticamente dentro del euro, si esa moneda sigue con vida.

Al mismo tiempo, la UE podría usar su autoridad transestatal para alentar en todos los países una revitalización del gobierno local, los bancos regionales y el desarrollo de los ahorros y activos personales. Solo estos procesos tienen la posibilidad de cortar el incremento de la dependencia de la deuda y la consiguiente destrucción del autogobierno personal y comunitario en manos del poder financiero y burocrático impersonal.

La UE también requiere ir bastante más allá, dando permiso que las ayudas estatales a la industria y la fabricación sean más flexibles. Si el propósito es un mercado competitivo, grupos de países como la UE deberían poder apoyar a las compañias nacionales contra los conglomerados estatales chinos y estadounidenses. Otra respuesta europea puede ser no solo imponer multas a las acciones no competitivas de colosales como Microsoft o Google, sino también adoptar leyes que rompan los monopolios, empezando con las interfaces tecnológicas.

En última instancia, el inconveniente es que los agentes recientes de la reforma keynesiana, ya sean compañias o burocracias, se han vuelto completamente imbuidos de hábitos mentales solo para conseguir ganancias y controladores instrumentales. Entonces, requerimos nuevos agentes institucionales para el cambio. Pero en vez de empezar de forma poco verdadera desde el princípio, la UE y otros gobiernos de europa deberían alentar a los organismos empresariales a actuar de forma más virtuosa y con un más grande propósito popular. Se puede promover un espíritu mutualista a través de la regulación, el trato preferencial y los requisitos más altos para la formación profesional y la pertenencia profesional.

La contrariedad con el aparente regreso de la socialdemocracia dentro de las naciones es que, después de la transformación generalizada del neoliberalismo, es muy posible que sea en una consolidación oligárquica del capitalismo monopolista. Esto implicaría una pérdida agregada de poder, riqueza y estatus popular para la mayoría de la gente, inclusive si recibieran un incremento mínimo en la seguridad básica.

Además, la socialdemocracia, como la ideología del libre mercado, siempre se ha apoyado en un desarrollo económico permanente. Pero si nos encontramos próximo de ingresar en un período de recesión severa o inclusive depresión, tenemos la posibilidad de combatir una situación más semejante a la de la década de 1930, donde las ideologías más exuberantes y extremas ejercerán un interesante masivo. Esto comunmente implicará una hibridación del nacionalismo emocional con el futurismo racionalista, y serán los estados enormes, como China, Rusia y los EE. UU., Los que serán más capaces de lograr que estos híbridos sean globalmente dominantes.

Dada esta visión, la UE, con suerte en unión con el Reino Unido, tiene una aptitud única para soportar y desarrollar un modelo alterno. En esencia, es la búsqueda de un orden internacionalmente justo, que respete a la gente, las relaciones, los sitios, las naciones y las tradiciones heredadas. En esencia, una búsqueda de la copropiedad aceptable para los humanos dentro y junto al resto de todo el mundo natural.